La acción se desarrolla en Tokio. La muchedumbre anónima inunda las avenidas como hormigas que van al trabajo ordenadamente. Pronto la cámara se detiene y sigue al personaje que nos interesa, un gordinflón con cara de bonachón de ojos saltones como ranas, interpretado por Brendan Fraser
( enseguida nos viene a la memoria su papel estelar en "La ballena" de Darren Aronofsky donde protagonizaba de forma excelente a un enfermo de obesidad mórbida que la trama se desarrollaba en su propia casa).
En este caso, "Familia de alquiler" de Hikari vemos a un señor un tanto perdido en esa sociedad ordenada donde todos van a la suya, ocupan un lugar preciso, pero él va en busca de un trabajo y se siente un tanto caótico. Es cómico de poca monta. Después de vagar por interpretaciones callejeras de mala muerte o de secundarios sin importancia, le sale un empleo más decente en una empresa que se dedica a facilitar personajes reales a las familias que lo necesitan. Ahí se encontrará con las dificultades de interpretar en la vida real a protagonistas variopintos.
En fin, se las verá crudas en situaciones que no tendrá argumentos para salir de la persona a quien interpreta. Es decir, la tarea consiste en ayudar al prójimo, en compartir sus sentimientos, hacer una zambullida completa en la existencia de las familias. Pero eso, en las despedidas posteriores, porque su papel ha terminado, le produce tristeza y desamparo. La nueva personalidad se ha comido al hombre.
Título original Rental Family
Año 2025
Duración 103 minutos
País Japón
Dirección Hikari
Guion. Stephen Blahut, Hikari.
Música Jon Thor Birgisson, Alex Somers
Fotografía Stephen Blaut, Takuro Ishizaka
Reparto Brendan Fraser, Takehiro Hire,
Mari Yamamoto, Akira Emoto,
Shannon Mahina, Nihi.
Después de una jornada de sobresaltos en unos trabajos precarios, el actor de mala muerte tiene bien merecido tomarse una cerveza frente a la ventana de su casa y en la noche contemplar a las familias del edificio de enfrente como disfrutan con sus parejas o en sus tareas cotidianas mientras cuelgan la ropa recién lavada. Él se siente satisfecho en su propia soledad. Apenas sabemos de su anterior vida, ni nos importa. Es un norteamericano en medio de una cultura adversa a sus costumbres. El presente se abre con unos bolos de actor precario que le facilita la empresa en que está apuntado. Se siente actor, pero los papeles que le llegan son representaciones mudas, publicitarias en las que puede estar metido dentro de un monigote propagandístico, durante el día entero en la calle o delante de la impresa que lo patrocina. Por casualidad, conoce a un empresario que le dice que lo visite. Hablan y, después de explicarle su tarea, le contesta: ustedes venden personas, comenta el recién llegado, no, vendemos ilusión, le responde el empresario. Éste le comenta que necesita a un actor que reemplace a esas personas que abandonan las familias para que llenen el hueco. Por eso, le ofrece la oportunidad de representar papeles que ayuden a las gentes. Acepta el reto y en lugar de actuar en el mundo cutre de la ficción, pasa a ocupar un hueco dentro del mundo real. Es cuestión de meterse en la piel de un esposo, pero con la intención de convencer a los padres de la chica. Así, el primer evento que le toca es el de realizar la función de novio en una boda ficticia, donde todo es mentira para dar el pego a los padres de la novia. La realidad del embuste no es otro que el de encubrir a su pareja real que es otra chica y por tanto es lesbiana y ante sus padres ha de aparentar un casamiento tradicional. Los papeles, después de resistirse con el primero, vuelven de nuevo y el jefe le dice que hará de papá, en otros de novelista acompañante de un anciano. Sin embargo, no siempre será todo tan sencillo y en el caso de hacer de padre, a primera vista, como que no cuadra y la adolescente lo odia y lo rechaza de entrada. Qué hace un jodido padre después de tantos años ausente que aparezca de pronto de la nada y la quiera comprar con una mierda de regalo. Esas interpretaciones, con el tiempo, tienen calado profundo, pero son trabajos que llegan a su fin. Resulta que mantiene una comunión con las personas de la realidad, pero cuando llega a su final de la representación puede resultar traumático para él. Es decir, en un momento dado, las personas que no saben que está actuando creen tanto en él que le confían realizar proyectos que él, dado su papel ficticio, no puede hacer y esto lo confunde y lo inutiliza como ser humano. No logra ir en contra de los sentimientos de los clientes que ha estado engañando hasta ahora, porque le produce dolor su humanidad y acercamiento a esos seres descarriados con los que ha tomado cariño. Finalmente, meterse de lleno en esas vidas reales y hacer juramentos en falso, pueden trastocar los planes del actor figurante e incluso replantearse su manera de actuar y de comportarse en su existencia. Es decir, la ficción le su papel ha modificado su propia personalidad, pues se ha metido de lleno en la existencia de alguien que hace unos días no era nadie para él y lo que solo era un trabajo ha formado parte de su existencia. En cierta manera, lo que no es capaz de realizar en los escenarios, su papel de actor, lo hace en la vida real de las familias donde entra. Eso tiene un precio profundo.




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