"Paolo Sorrentino" ( director que se come la cabeza en temas vitales como en "La gran belleza", donde repasaba personajes destacados en Roma, políticos y periodistas que se apuñalan dialécticamente; "Fue la mano de Dios" toca de pasada su juventud en Nápoles en los momentos brillantes de Maradona y el júbilo que levantaba en los habitantes, una autobiografía personal) vuelve de nuevo a la política ( en otra ocasión, desnudaba al ex presidente Berlusconi en "Silvio y los otros") con "La Grazia", donde se mete de lleno en un presidente ficticio de la república italiana. No podía faltar a la cita su actor fetiche como es el gran Toni Servillo.
Se inicia en la residencia del político en el Palazzo Quirinale con un paseo y primer plano del mandatario y una muestra de sus innumerables funciones dentro de su cargo. Vemos a un mandatario humano e inseguro al mismo tiempo de sí mismo. Considera que ha llegado el momento de largarse a casa. Esto lo ve cuando llega otro presidente a su residencia que apenas puede salir del coche oficial, de anciano que es, lo ve viejo y se pregunta si él también es igual: un dinosaurio en activo que se duerme mientras reza. A ese anciano, en su última fase existencial, le brotan constantes recuerdos de cuando conoció a su esposa, ya fallecida mucho tiempo atrás. Entre las reuniones importantes está la del Papa que en esta ocasión es negro.
Se insinuó, después del Papa Francisco que llegaría al trono Turkson de Ghana o Robert Sarah de Guinea. Aquí lo mete con una imagen especial, con unas especies de rastas. No le ayudará en sus dudas existenciales y se pierde en los pasillos de su palacio en divagaciones y soledad.
En fin, el cine de Sorrentino mantiene una verborrea picante que llega hasta las entrañas y van acompañadas de una imágenes en muchos caso de pura poesía. Es cine de grandes alturas que igual no llega a todos los espectadores.
Título original La grazia
Año 2025
Duración 133 minutos
País Italia
Dirección Paolo Sorrentino
Guion Paolo Sorrentino
Fotografía Dario D'Antonio
Reparto Toni Servillo, Orlando Cinque,
Anna Ferzetti, Milvia Marigliano,
Massimo Venturiello,Vasco Mirandola,
Giuseppe Gaiani, Giovanna Guida,
Linda Messerkinger.
El director pretende desnudar, desde el inicio, los fallos de una persona, es decir, por mucho mando y poder que tenga es un humano y como tal recibirá las primeras reprimendas de parte de su hija, consejera personal, por subirse a la azotea a deleitarse con un cigarrillo. Por eso, le riñen con la advertencia o el recordatorio que solo tiene un riñón. Así, habla de temas triviales con su general como saber qué apodo tiene él. Su itinerario lo controla su secretaria que le canta los itinerarios, pero asistirá a los que le dé la gana. Está privado de una comida suculenta, ya no tiene edad para eso, verdurita hervida y poco más. Así las cosas, declina alguna reunión y en otras se siente irrelevante. Acude a alguna de ellas por puro trámite. Ese personaje con tanto poder le dan palos por todos lados, por ejemplo, invita a cenar a una amiga, cotorra que no para de hablar, y lo deja más bajo que la suela de su zapato delante de un comensal, el presidente del gobierno, y de un trozo de merluza a la plancha que se lo mira con tristeza. Siempre están nombrando que quedan seis meses para terminarse el plazo del cargo y lo dicen como si fuera una condena, planean posponer reuniones y leyes más allá de ese plazo. A su amiga no le tapan la boca y menos con la miserable cena que hay en el plato, por eso sale por piernas a otra cena, porque aquí pasa hambre. Camina en ese mismo ambiente de considerarse un anciano que por mucho poder que tenga ya está más que acabado con un pie en la tumba, pues la carroza apenas le aguante el tipo. En este momento le toca firmar una ley que no dispone de la suficiente valentía como para afrontarla: la eutanasia. Su hija lo ataca para decirle que él nunca se moja en las situaciones complicadas y le da largas. Se confiesa al Papa: "me siento solo", "normal eres viejo, llevas la carga del pasado y sientes el vacío del futuro". Así, la religión y Dios no le dan respuestas. Pero le advierte que esa ley de matar al personal no puede firmarla. Y siguen los entresijos políticos de sucesión del cargo, de conmutaciones de penas de muertes y chanchullos varios. Pero su obsesión es la de saber de una puta vez quién cojones fue el amante de Aurora, su esposa, que se lo digan de una jodida vez. Con ese puñal clavado en el pecho es incapaz de vivir. En fin, el presidente toma decisiones cuando las ve de cerca y sufre las circunstancias de la vida peor que cualquier mortal por la influencia que tiene en sus resoluciones. Entran a saco en puñaladas traperas muy sutiles. A todo esto, quien se carga con los marrones es su propia hija que es su secretaria hasta que lo manda a tomar por saco.




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